HASTA EL DOMINGO2
Capítulo I
25 de septiembre de 1992
Lucía se miró la bombacha3
con una extraña mezcla de nervios y alegría.
Cerró la tapa del inodoro y se paró encima
para poder verse mejor en el espejo del botiquín. Se ajustó la remera contra el cue rpo y se puso de perfil.
Lo que vio no le gustó mucho: tenía el mismo aspecto flaco y sin gracia que ayer, y que la semana pasada, y que hace un mes, y que todos los
días
en que se subía al inodoro y se miraba al espejo.
Ella pensaba
que cuando sucediera e sto iba a estar distinta,
que se le iba a notar en algún lado...
Pero,
por lo visto, nadie se iba a dar cuenta de que ahora ya era toda una mujer. y menos si tenía el pelo así atado,
¡Puaj!
Se soltó la hebilla
y se pasó el cepillo.
Estaba un poco mejor. Después, abrió la puerta despacito
y salió por el pasillo,
apretando las piernas y estirándose la pollera4 con la mano.
Cuando pasó por la cocina vio a Laura, la esposa de su
papá, preparando la cena.
–¿Y papá? –preguntó.
–Hoy viene tarde, ¿no te acordás? –le contestó Laura casi con la cabeza dentro del horno.
Lucía fue hasta el living5 y marcó en el
teléfono el número de la
casa de su mamá.
–Usted se ha comunicado
con el 5432850... En este momento no podemos
atenderlo, pero deje su
mensaje, y lo llamaremos... Gracias.
–¡Ma! –empezó
a gritar Lucía con la última esperanza de encontrarla–. ¡Maaa!
Atendé... ¿Ma? ¿Estás
ahí?.. Bueno, nada, chau.
¿Justo hoy tenía que salir?... Lucía fue a la cocina. Por lo menos estaba Laura. Abrió la heladera buscando algo para comer, sin saber siquiera si tenía hambre.
–¿A qué hora vuelve mi papá? –preguntó.
–A eso de las diez.
–¿Lo esperamos
a comer?
–Como quieras –dijo Laura, y se dio vuelta para mirarla–. ¿Necesitás algo?
–Tengo hambre.
–Creo que ahí hay un poco de queso. sácalo, que yo también tengo hambre
–dijo Laura–. Este horno anda como la mona.
–Mmmm –contestó Lucía con la boca llena, mientras se sentaba
en un banquito de la cocina.
Laura la miró de reojo. Que Lucía se sentara en la cocina mientras
ella cocinaba era raro. Señal de
alerta,
pensó.
–¿Te pasa algo? –le preguntó.
–No... tengo hambre, nada más.
Lucía agarró el diario que estaba sobre la mesa y se puso a leer los chistes.
Esto era más raro todavía, pero Laura sabía que mejor que preguntar,
era esperar
a que Lucía desembuchara
sola, así que siguió
lavando la lechuga,
como si nada.
Lucía tragó saliva,
y, tratando de
parecer lo más natural posible, le preguntó de
golpe:
–¿Tenés «Siempre Libre»?
Laura se dio vuelta con las hojas de
lechuga chorreando agua, todavía en
l a mano.
–¿Te indispusiste6?
–Sí –dijo Lucía.
–¿En serio?!
–y Laura
corrió a abrazarla, sin soltar la lechuga, riéndose,
gritando y
diciendo pavadas.
2 Tomado de: Falconi, María Inés, 2003 Hasta el domingo, México, SEP / Norma Ediciones, 200 p. (Libros del Rincón).
3 Calzón, prenda interior.
4 Falda.
5 Sala o cuarto de estar.
6 Indispuesto: que se siente algo enfermo o con una novedad
o alteración de la salud.
–¡Cómo se va a poner tu papá cuando se entere! ¿Te imaginás la cara? ¡Qué bueno, Lucía! ¡Tenemos que festejarlo! Vamos a comer afuera...
No, mejor compremos
helados... ¿Qué querés hacer?
Laura y Lucía seguían abrazadas, empapándose la cara y la ropa con las lechugas,
hablando las dos al
mismo tiempo a los gritos, sin saber qué era lo primero que tenían que hacer en este caso. Lucía porque era la primera
vez que le pasaba, Laura porque nunca sabía muy bien cómo hacer de madre.
–Laura, ¿tenés «Siempre
Libre»? –volvió a preguntar Lucía.
–¡Huy, no! ¡Qué macana!
A ver, vamos al baño.
–Laura... la lechuga
–le dijo Luc ía
al ver que todavía la tenía en la
mano.
–iQué tonta! –dijo Laura, arrojó desde lejos la
lechuga a la pileta –. ¡Fah! ¡Qué puntería!
Vení.
No encontraron «Siempre
Libre» ni nada que se le pareciera por toda la casa.
–Vamos a la farmacia
–dijo Laura, y agarró la cartera con una mano y a Lucía con la otra.
–No, pará –se resistió Lucía –.
No
puedo salir así.
–Cierto, yo bajo, apagá el horno.
y diciendo esto, Laura salió y dio un
portazo, pero al instante tocó el timbre.
–Te olvidaste
la plata –dijo Lucía, que ya conocía sus despistes.
–No, es que son como las nueve, y la farmacia de acá abajo va a estar cerrada.
Miremos en el diario
dónde hay una farmacia
de turno.
Encontraron una que quedaba
a cinco cuadras.
Laura volvió a salir, y Lucía, para esperarla, se ti ró a ver tele en el sillón sin olvidar estirarse
la pollera.
Suerte que estaba
Laura, pensó
Lucía, aunque
seguro que mi mamá
ya tiene los «Siempre Libre»
preparados, por las dudas. Bueno,
uno no puede prever dónde se va a indisponer la primera vez. Las otr as veces tampoco, claro.
Voy a tener que tener «Siempre Libre» de la casa de mamá y «Siempre
Libre» de la casa de papá, como repartía las cosas cuando era chiquita.
LAS DOS CARAS DEL PLAYBOY7
La charla
Antes de que terminara
el recreo me enteré de que mis amigos se habían subido a
un
ventanuco que da al vestuario de las chicas para intentar hablar con Inés. Bueno, me enteré yo y se enteró todo el colegio.
Por lo visto unas niñas que estaban desvistiéndose vieron a Miguel
y empezaron a gritar como locas.
Luego se chivaron8 a la profesora de ballet y la profesora de ballet a don Aurelio, nuestro tutor, que seguro nos daría la charla
aprovechando que teníamos
tutoría. A
mí, la verdad,
me daba
bastante igual;
ya nada
podía deprimirme
más de lo que e staba. Solo pensaba en llegar a casa, agarrar el maldito Playboy,
retorcerlo entre mis manos y llevárselo a Nacho. Además, lo bueno de la tutoría era que, si no te interesaba el tema, podías desconectar, porque sabías que no te iban a hacer un examen.
Aunq ue precisamente los temas de tutoría eran los que más nos interesaban y no solo no desconectábamos sino que nos peleábamos por tener la palabra.
Eso era lo que solía ocurrir en días normales,
pero hoy todos estábamos seguros de que don Aurelio,
además de darnos la charla, repartiría algún castigo ejemplar entre los culpables. Y lo malo es que al final saldría a relucir
el motivo por el que mis amigos habían trepado hasta el
ventanuco del vestuario de las chicas
e Inés no me volvería a dirigir
la palabra.
Nada más ver aparecer
a don Aurelio,
se me puso el estómago
en la garganta.
Y el cerebro bloqueado
por
un cepo9
invisible. Por más esfuerzos que hacía, no conseguía enterarme de lo que nos estaba diciendo. Hasta que pronunció una palabra que desactivó el
cepo: «sexo». ¿La había dicho realmente o estaba yo tan obsesionado con el Playboy
que le había entendido
mal? Seguí escuchando:
–Creo que ya es hora de
que abordemos un tema que en este momento estáis descubriendo y que sé que
os preocupa a todos:
la sexualidad.
La clase entera, excepto yo que estaba demasiado
preocupado, soltó la carcajada.
–Vuestra risa me demuestra
lo necesitados que estáis de educación sexual –siguió diciendo–, porque no creo que lo
más natural que tienen las personas, que es su sexo, pueda ser objeto de risa. Así que prefiero pensar que es el nerviosismo y la
falta de madurez en este tema lo
que
os hace actuar de manera tan infantil.
Enseguida nos pusimos
todos muy serios para demostrar que no éramos nada infantiles y que sabíamos
de sexo bastante
más de lo que él pensaba, que en Lengua quizá pudiera damos muchas lecciones, pero en cuestiones de sexo éramos unos verdaderos expertos.
Yo pensé que empezaría
con el tema de la reproducción de las plantas y de los animales antes de empezar a hablarnos del útero, de los ovarios y de los testículos, como había hecho el Avelino en sexto. Por eso me quedé muy sorprendido cuando dijo:
–La sexualidad es algo maravilloso, además de disfrutar de nuestro cuerpo, es la
forma que tenemos para expresar nuestra atracción
o nuestro amor por una persona.
Nos quedamos mudos por el modo en que abordó
la cuestión. No se oía ni el sonido
de nuestras
respiraciones. Y eso era señal de que el
tema nos interesaba mucho.
–A vuestra edad hay una serie de hormonas
que de pronto empiezan a trabajar
a tope. Eso os despierta una curiosidad por el sexo contrario que no
habíais sentido hasta el momento.
Incluso hay días en
que parece
que solo existe
eso y a uno le cuesta
un esfuerzo terrible concentrarse
en una clase de Lengua
o de
Matemáticas.
Por las caras de los demás veía que, al igual que yo, estaban
flipando10. Parecía como si
don
Aurelio nos estuviera leyendo el pensamiento, porque eso era
exactamente lo que me
ocurría a mí hoy.
–Además vuestro
cuerpo está sufriendo unos c ambios muy bruscos, que a veces pueden resultar
difíciles de asimilar.
Os sale vello, os crecen los órganos sexuales...
7 Tomado de: Menéndez-Ponte, María, 2003 , Las dos caras del Playboy , México, SEP / SM de Ediciones, 112 p. (Libros del Rincón).
8 Chivar: irse de la lengua, decir algo que perjudica a otra persona.
9 Instrumento para inmovilizar.
10 Flipar: estar
o quedar entusiasmado.
pausa, supongo
que para observar nuestras caras, que se movían entre la expectación,
el asombro
y el nerviosismo, y continuó:
–Lógicamente sentís la necesidad de explorar todas esas novedades que están ocurriendo en vuestro
cuerpo. Pero de vosotros
depende que ese descubrimiento
sexual sea un instinto
puramente animal o se convierta en algo maravilloso, que os permita
crecer como seres humanos.
Cuando don Aurelio
dijo lo de "instinto puramente animal", Miguel le pegó a Edu tal codazo
que casi se cae de la silla. Si Nacho hubiera estado, habría hecho lo mismo conmigo, lo conozco. Don Aurelio lo vio y le dijo:
–Miguel, si hay algo que quieras comentar,
puedes hacerlo.
Miguel, que no se corta un p elo, en lugar de callarse,
le preguntó:
–¿Qué ha querido decir con lo de
"instinto puramente animal"?
Yo pensé
que don
Aurelio le
iba a
regañar por estar
siempre dando
la nota
y hacer
preguntas impertinentes, pero me quedé bocas cuando dijo:
–Gracias por la pregunta, Miguel; eso es lo que quiero, que me interrumpáis
y me planteéis todas las dudas que tengáis
sobre el tema. A lo que me refiero es a que uno puede actuar como el resto de los animales,
esto es, satisfaciendo simplemente los instintos sexuales, sin buscar otra cosa que el
placer por el placer, sin tener en cuenta los sentimientos propios ni ajenos, o uno puede disfrutar
de la sexualidad como una manera de quererse, de conocer mejor el propio cuerpo y de compartir sus sentimientos con los demás. Sentimientos que van desde la simple atracción
física hasta el verdadero amor.
Yo estaba maravillado de lo bien parado que había salido don Aurelio del marrón en que lo había metido
Miguel y, sobre todo, de la naturalidad y la claridad
con que hablaba de un tema tan comprometido, como si estuviera dando su clase de Lengua. Pero ni
don
Aurelio ni siquiera nosotros,
que lo conocemos
casi tan bien como si lo hubiéramos parido, éramos conscientes de lo bestia que puede llegar a ser Miguel cuando se pone a ello y de lo difícil que le resulta morderse
la lengua cuando se embala. Así que no tengo palabras para decir cómo me quedé al oír la nueva pregunta de Miguel, porque nunca había experimentado
una sensación parecida:
–¿Cuándo habla del placer por el placer
se refiere usted a hacerse una paja?
Todos aguantamos la respiración hasta quedarnos morados, pensando que don Aurelio le montaría un
pollo11, le echaría
de clase y se acabaría la charla, por eso nos quedamos de piedra cuando respondió tan tranquilo, sin que las palabras explotaran en el aire:
–Masturbarse o hacerse
una paja, como dices tú, es algo natural, sobre todo, a vuestra edad. Siempre, claro está, que no se convierta
en la única manera de entender o de vivir la sexualidad, o en una obsesión.
Porque la sexualidad
de las personas es mucho más compleja, no puede reducirse únicamente a lo genital, esto es, a
la
masturbación o al coito. Una mirada, una caricia o un beso pueden a veces llegar a tener mucha más fuerza o intensidad. Y en esto, creo que no hay que quemar etapas,
pues, aunque tanto los chicos como las chicas estáis físicamente preparados para la reproducción, para tener hijos, no es así psicológicamente. Y a veces, por creer que los demás lo han hecho, por no ser menos, o por creer que así uno va a hacerse mayor antes, se hace de una manera
forzada que incluso puede provocar
daños psicológicos, como la incapacidad para sentir placer al realizar
el acto sexual,
la incapacidad para amar, la
falta de autoestima...
–Entonces, ¿a qué edad cree usted que está uno preparado para hacer el amor? –le interrumpió Miguel. Pasado el shock inicial,
todos nos sentíamos agradecidos de que Miguel tuviera las agallas necesarias
para preguntar
todo aquello que nosotros no nos atrevíamos, pero que nos interesaba enormemente.
–No hay una edad para hacer el amor. Cada persona es un mundo y hay distintas circunstancias. Pero yo
creo que, en primer lugar, uno debería estar muy enamorado
y muy seguro de que lo quiere hacer con esa persona,
además de estar psicológicamente
preparado; tampoco debería haber dudas de ningún tipo ni el riesgo de un embarazo no deseado.
Miguel, que, una vez agarrada
la palabra, ya no estaba dispuesto a soltarla,
tenía la mano levantada para
hacer una nueva pregunta,
cuando de pronto sonó el timbre. Entonces la clase se convirtió en un clamor de
11 Armar un
escándalo .
protestas. Don Aurelio
debió de fliparlo porque era la primera vez que ocurría tal cosa. Entonces, y para apaciguar
nuestros ánimos exaltados, dijo:
–Como veo que es un
tema que os interesa
mucho, seguiremos hab lando de ello en la próxima tutoría.
12 En España:
Escuela Secundaria Obligatoria.
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